PAUSUS MAGIC

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Cortes and Mari. (Vicente Cortés)

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Mahomeda – 75 x 55 cm. Circa 1915. Artista: J.R. Sevilla. Colección Martín Pacheco.

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Sancho Blanca Mari

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Manipulador – 145 x 60 cm. Circa 1915. Artista: J.R. Sevilla. Colección Martín Pacheco.

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Selvaggio, Ruggiero

Ilusionista de origen italiano, debutó en Barcelona en 1904. Era prestidigitador, pero su especialidad era la de peintre chiffonier. oficio que consistía en pintar una cara o un busto en pocos segundos. Muchas veces actuaba acompañado de su hijo, Ruggiero Selvaggio Mancini. En el número de enero de 1916 de la revista El Heraldo Artístico aparece publicada una reseña que habla de las actuaciones de padre e hijo: “En el circo Clavé de MAtaró y en el Liceo de Sants, los notabilísimos pintores traperos y excelentes excéntricos musicales Los Selvaggios, consiguieron entusiasmar a los respectivos públicos con la ejecución esmeradísima de sus imponderbales trabajos”

Selvaggio se instaló en Barcelona y enseguida se relaconó con los círculos de ilusionismo y prestidigitación que habia en la ciudad. Fue miembro de La Sociedad Artñisitica de Variedades la Primitiva Española. De su presencia en Barcelona se han conservado algunos programas, caarteles e, incluso, el librito de 16 páginas editado en Barcelona por Olimpia, titulado Juegos de Manos fáciles o física recreativa sin aparatos. En la contraportada aparece publicado un anuncio que permite determinar dónde se encontraba el domicilio de Selvaggio en la ciudad condal.

Los descendientes de este mago italiano que continuaron establecidos en Barcelona siguieron vinculados, de una manera u otra, al mundo de la magia. En 1975, en el número 12 de la calle de la Freneria, su nieto, Fernando Selvaggio, abrió la libreria Selvaggio, un establecimiento especializado en documentos y libros asntiguos.

Extracto de Mags i màgia a Catalunya d’Alain Montilla.

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Selvaggio con Diablo – 60 x 80 cm. Circa 1900. Colección Martín Pacheco.

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Retrato – 60 x 80 cm. Circa 1900. Colección Martín Pacheco.

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Historia del cartelismo

Cartel o Póster, pliego de papel, de gran formato, impreso con anuncios o avisos, producido de forma masiva para su exhibición en público. Por lo general, se componen de una imagen a color y un breve texto o una marca identificativa. Normalmente, tienen fines comerciales -anunciar productos o publicar acontecimientos- , pero también pueden ser recomendaciones de educación pública, instrumentos de propaganda o meras obras de arte sin un mensaje particular. Los carteles nacieron en el siglo XV con la invención de la imprenta. Los primeros, que generalmente no iban ilustrados, daban aviso de proclamaciones reales, decretos municipales, ferias y mercados y, en algunos casos, anunciaban libros. En los siglos siguientes a veces estaban ilustrados con pequeños grabados a fibra, pero su producción no era fácil por lo que no eran muy comunes. Los pósteres no empezaron a tener su aspecto actual hasta el siglo XIX.

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COMIENZOS DEL PERIODO MODERNO

Hacia 1800 se produjeron dos acontecimientos que dieron lugar a la era moderna del cartel. Uno de ellos fue el inicio de la industrialización a gran escala, que generó la necesidad de una publicidad extensiva. El otro fue el invento, en 1798, de un nuevo método de impresión, la litografía, que hacía mucho más fácil la ilustración de carteles en color. El auge de la producción de pósteres tuvo lugar durante la primera mitad del siglo XIX, pues se utilizaron para anunciar una amplia gama de productos y de servicios. También por esa época aparecieron los primeros carteles teatrales, generalmente con ilustraciones realistas de escenas de las obras, óperas o espectáculos que anunciaban.

Casi todos estos pósteres eran prosaicos y sencillos. En 1867, el francés Jules Chéret realizó un cartel anunciador de una representación teatral a cargo de Sarah Bernhardt y a partir de ese momento el arte del cartel empezó a hacer gala de todas sus posibilidades. Chéret fue el primer artista moderno de carteles y revolucionó su apariencia dando el papel preponderante a la ilustración, que hasta entonces estaba subordinada al texto, y dejando para éste una función explicativa, relativamente menos importante. También partía deilustrar directamente el texto. En lugar de escenas realistas dibujaba figuras idealizadas, realzando su belleza, vitalidad y movimiento. Se especializó en carteles de teatro, de los que hizo alrededor de 1.000; uno de los más característicos es una muchacha, llena de frunces y de volantes, bailando el cancán sobre un fondo diáfano color pastel. El texto era mínimo, unas pocas palabras anunciando el nombre del teatro y la representación.

Los métodos de Chéret se extendieron rápidamente a Europa y a América y, aplicados tanto a los carteles teatrales como a los de publicidad de productos comerciales, dieron lugar a un arte del cartel, visualmente encantador, que apelaba directamente a los sentidos y resultaba comprensible también para los analfabetos.

Esta nueva vitalidad en el arte del cartel atrajo hacia el género a numerosos artistas conocidos, alcanzando su punto culminante en la década de 1890, con las innovaciones introducidas por algunos representantes del Art Nouveau y por los pintores franceses Henri de Toulouse-Lautrec y Pierre Bonnard.

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LA DECADA DE 1890

Toulouse-Lautrec, uno de los cartelistas más destacados del siglo XIX, introdujo importantes cambios en su contenido y en su estilo artístico. Abandonó el impresionismo lírico de los estilos precedentes para utilizar grandes zonas de colores lisos, técnica tomada de los grabados japoneses. Las figuras femeninas idealizadas de las épocas anteriores fueron sustituidas por personas reales, aunque sutilmente estilizadas, formando viñetas, como una mujer bebiendo en un bar, o un caballero y una dama sentados a una mesa besándose. El artista redujo la importancia del texto, obligando al espectador a concentrar su atención en el aspecto pictórico del cartel. Una de las últimas obras de Toulouse-Lautrec es su cartel Jane Avril (1899) en el que, con excepción del nombre de la artista, el texto ha sido completamente eliminado, y constituye el prototipo de todos los carteles modernos, puramente pictóricos.

Los representantes del Art Nouveau introdujeron un estilo pictórico alternativo al de Toulouse-Lautrec, creando carteles de imágenes exóticas y estilizadas por medio de líneas fluidas y de elegantes formas alargadas. Entre los artistas de carteles estilo Art Nouveau más representativos se encuentran el inglés Aubrey Beardsley, el francés nacido en Checoslovaquia Alphonse Mucha, el belga Henri van de Velde, las hermanas escocesas Frances y Margaret MacDonald, el estadounidense Will Bradley, el austriaco Gustav Klimt y el holandés Jan Toorop. Van de Velde, con su cartel Tropon (1899), marcó un hito y un estilo totalmente nuevo en esta parcela del arte, al eliminar totalmente las figuras humanas y sustituirlas por un dibujo abstracto. Dentro de esta corriente modernista destacan en España Ramón Casas, autor del célebre cartel de Anís del mono y Santiago Rusiñol.

Sin ser un artista muy prolífico, Bonnard introdujo una importante innovación en esta modalidad artística. En un cartel anunciador del periódico La Revue Blanche, realizado en 1894, utilizó el texto como parte integral de la ilustración, entrelazando las letras con el dibujo y empleando como fondo palabras en caracteres muy pequeños. Este nuevo estilo ejerció un efecto vigorizante sobre el posterior diseño de carteles que duró hasta bien entrado el siglo XX.

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EL SIGLO XX

Con el estallido de la I Guerra Mundial en 1914, el arte del cartel experimentó un cambio radical. Los pósteres pasaron a ser instrumentos de propaganda y se utilizaron también para llamar a filas y para vender bonos de guerra. Comparándolos con los estilos anteriores, resultaban artísticamente toscos, pero con un mensaje contundente.

Durante las décadas de 1920 y 1930, los carteles reflejaron numerosísimas influencias: cubismo, surrealismo, dadaísmo y Art Déco, entre otras. Entre los artistas del género se encontraban los franceses Cassandre (nombre profesional de Adolphe Mouron, 1901-1968) y Jean Carlu, y el estadounidense E. McKnight Kauffer. Las obras más conocidas se deben al primero de ellos, quien, en sus anuncios de los ferrocarriles franceses, en estilo Art Déco, como el del Nord Express (1927), representa los trenes y las vías con un elegante estilo geométrico, semiabstracto.

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Durante esos años se generalizaron dos nuevos tipos de cartel, el de cine y el de viajes. El éxito alcanzado por el cine mudo y, después de 1929, por el cine sonoro, acarreó un enorme aumento en la producción de carteles cinematográficos.

En los años veinte y treinta alcanzaron también gran importancia los carteles no comerciales realizados por artistas, sobre todo en Alemania y en Rusia. Los dadaístas John Heartfield, George Grosz y El Lissitzky, experimentaron con carteles fotográficos (en lugar de pintados), haciendo complejos fotomontajes con fragmentos de diferentes fotografías. La escuela alemana de la Bauhaus, en Weimar, Dessau y Berlín, fue la pionera en crear nuevas formas de arte gráfico, integrando el texto del póster en el dibujo y utilizando, en algunos casos, las palabras o las letras para componer todo el dibujo. La obra del artista estadounidense, austriaco de nacimiento, situó el dibujo gráfico de carteles en un nivel de refinamiento no igualado hasta la década de 1960.

Durante la II Guerra Mundial volvieron a aparecer contundentes carteles de propaganda, a menudo realizados por artistas tan importantes como Ben Shahn.

En los carteles de la posguerra se adaptaron y refinaron las tendencias anteriores. Pintores como los españoles Pablo Picasso y Salvador Dalí, el francés Henri Matisse, el suizo Max Bill y el estadounidense Roy Lichtenstein, realizaron carteles, de la misma forma que los artistas gráficos de Estados Unidos Peter Max, Milton Glaser y Tomi Ungerer. En Latinoamérica destaca la escuela cubana, que desarrolló un estilo propio, encabezado por el diseñador gráfico Félix Beltrán.

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Profesor Alba

El Profesor Alba supo vender la imagen de hombre sabio preocupado por transmitir ciencia en sus “experimentos mentales”. Sus ejercicios de hipnosis y espiritismo, perfectas sesiones de Ilusionismo presentadas como espectáculo científico, le convirtieron en el mentalista más famoso de su tiempo.

Revistió sus “poderes” de tal autenticidad que incluso su propia familia creyó en ellos. Una biografía suya publicada en 2001, basada en los recuerdos de su hija Consuelo, refleja su carrera como fruto del buen uso de sus extraordinarias capacidades mentales.


El Profesor Alba contaba en el escenario con la impagable ayuda de su mujer y médium Tivolina prometedora bailarina que al conocerle dejó su profesión para trabajar junto a su marido y ayudarle a convertirse en uno de los más importantes artistas de su época, la de los años veinte, treinta y cuarenta. Ella fue quien le propuso crear un “espectáculo científico”, le enseñó refinamiento en el escenario y se encargaba durante las actuaciones de conseguir subrepticiamente parte de la información que luego “llegaba” a la mente del Profesor Alba. Además, también ejecutaba “ejercicios de prestidigitación y necromancia”.

Entre ambos dejaron absortas a varias generaciones de españoles, y hasta se comparó con Onofroff. Fue precisamente de este artista e hipnotizador de principios de siglo, cuyos impresionantes y polémicos espectáculos de hipnosis y catalepsia se hicieron famosos en toda Europa y América, de quien el Profesor Alba aprendió. Lo conoció en Sevilla durante una de las giras de Onofroff por España. Quedó tan impresionado que, con sólo catorce años, Manuel se enroló en su espectáculo como repartidor de propaganda y recadero. Acompañó al célebre mentalista durante los cinco años que estuvo en España y de él aprendió las bases de sus funciones.

El Profesor Alba hacía sesiones de hipnotismo, espiritismo, pruebas de rigidez y resistencia corporal. En realidad, la mayor parte de ellos eran clásicos juegos de magia, como la aguja clavada en el cuerpo o la rotura de piedras que se hallaban encima del cuerpo del mago, tumbado éste sobre dos sillas. Pero los que más impresionaron a su público fueron los efectos de trasmisión de pensamiento, entre ellos “La voz de la Tumba”, en el que Tivolina, en su papel de médium, era encerrada con un micrófono en una cabina e iba adivinando los objetos que el Profesor Alba recibía mientras se paseaba entre los asistentes. También realizaron deslumbrantes ejercicios de hipnosis colectiva, regresiones y alteraciones de la voluntad del público. La audiencia llegaba a experimentar acontecimientos singulares bajo las órdenes del Profesor Alba.

Dieron sus primeras funciones en cine, al final de las películas, ella con efectos de magia clásica y él con los de mentalismo. Algunas veces debían actuar en dos tiempos, uno antes y otro después de la película; si así ocurría, en la primera parte lo hacía Tivolina (entonces Lolita, su nombre real hasta que optó por cambiar al seudónimo) y en la segunda parte el Profesor Alba con ella como ayudante, pero ataviada con una peluca para aparentar ser una persona diferente.

El éxito se disparó y, en compañía de sus cinco hijos, actuaron por toda España y el norte de África. Cuando llegaron a Valencia quedaron prendados de ella y jamás la abandonaron como lugar de residencia. El inicio de la Guerra Civil separó temporalmente a la familia que se hallaba de gira en Zaragoza con varios de sus hijos, pero una vez acabada la contienda pudieron reunirse de nuevo y proseguir una carrera que se hizo imparable.

El renombre de la pareja eclipsó incluso al de otros mentalistas de su tiempo que sí ejercieron como ilusionistas. El más destacado de ellos fue Fassman, paradigma del proceso de abandono que sufre la historia de la magia española, ya que a pesar de su profesionalidad, de la gran importancia que dio a ésta como espectáculo artístico, y el gran esmero que puso en su interpretación, no es mucho lo que se sabe de él.

En 1944, el Profesor Alba cayó enfermo y hubo de abandonar la escena. Falleció transcurrido algunos años y, como dos cartas de una baraja que se desmoronan juntas, Tivolina lo hizo poco después. Aún así, el Profesor Alba retomó los escenarios a la muerte de Manuel Alba. Su hijo Manolo, empleando el seudónimo de su padre y con el apoyo en escena de sus hermanas Lolita y Consuelo, y de su hermano Antonio en la gestión de los negocios, continuó el estilo de magia de su progenitor y triunfó en América. En este continente supo aprovecharse de la credulidad de importantes sectores de la población hacia los temas paranormales, y del deseo de muchos de despojarse incluso de su patrimonio por saber de familiares ya fallecidos o albergar esperanzas hacia lo que el futuro les deparase.

El Profesor Alba hijo murió hace pocos años, en 1997, con setenta y un años, una enorme fortuna y famoso por su capacidad para encontrar objetos en lugares ocultos de la sala, adivinar listados telefónicos y conducir automóviles a ciegas. Fueron magníficos efectos de magia que la saga de los Alba convirtió en espectaculares “pruebas” de su ciencia.

Extraido del libro “La Magia Española del Siglo XX”
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Barnum

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Zulayna Medium de Barnum

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